domingo, 3 de enero de 2010

la avalancha mortal

El mundo se le vino encima en dos horas. Llovió sobre la montaña como nunca antes y el agua arrastró una oleada de piedra que sepultó siete casas en pocos segundos. Lograron salir tomados de la mano y ateridos de frío en una noche oscura y borrascosa donde las emborrachadoras luces de las ambulancias y los llamados de los socorristas, que trataban de desenterrar las víctimas, tiñeron la atmósfera de un rojo intermitente.
Nueve noches después despertó en otra cama sudando y agitado. La policía no llegaba a recogerlo, como lo hicieran en la noche fatal, cuando murieron sus vecinos.

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